Una mano extendida y en la otra el puñal

Bien dice Enrique Bunbury: que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda. Si entre tus propias extremidades se esconden cosas, imagina lo que ocultan a la vista de los demás. Hay personas que te extienden una, pero en la otra están apretando un puñal listo para clavarlo en cualquier momento. Siempre me dijeron que nunca bajara la guardia, que desconfiara hasta de mi propia sombra, que no esperara hasta ser lastimado para comenzar a hacerlo. Es muy difícil conocer a las personas, por eso es mejor tomar ciertas precauciones.

Inicié mi empresa en cuanto terminé la carrera, trabajaba desde un cuarto de la casa de mis padres que servía para arrumbar los muebles o artículos viejos. Salía a visitar a posibles clientes con el temor de que alguien llamara y mi mamá respondiera el teléfono. Pero tenía que arriesgarme, no me la podía pasar sentado esperando que alguien viera mi anunció en redes sociales o algunas páginas en las que me publicité. Con el tiempo fui mejorando mis ingresos hasta que el equipo creció a tres personas más, pero aún nos faltaba ayuda y un lugar para hacer reuniones o juntarnos con nuestros clientes. Así que buscamos en Google ‘oficinas virtuales DF’ y nos aparecieron una gran cantidad de empresas que nos ofrecían un sitio en algún lugar de la Ciudad de México y con secretaria incluida. Rentamos una en la colonia Roma Norte y nos permitió redoblar esfuerzos para ir en busca de más y mejores clientes.

Crecíamos tan rápido que uno de mis amigos de la Universidad me contactó para invertir en nuestro negocio. No fue de los más brillantes en clase pero en su actual trabajo le estaba yendo bien, tampoco me llevaba ni bien ni mal con él, sólo nos hablábamos lo necesario. Acepte verlo en la sala de juntas de mi oficina junto a mis tres socios. Nos dijo que estábamos haciendo un gran trabajo y que le interesaba invertir a cambio de un ‘pequeño porcentaje’ de nuestra organización. Es muy ambiguo el término pequeño. Así que nos extendió la mano derecha, la cual contenía un contrato que nos otorgaba 2 millones de pesos a cambio del 25 por ciento de la organización. No sonaba tan mal. Pero la mano derecha no sabía que en la izquierda había una cláusula donde explicaba que si la empresa aumentaba sus ganancias en un 150 por ciento el porcentaje cambiaría al 50 por ciento. Pero esa parte del contrato jamás la vimos y firmamos, cegados por el dinero.

Cuando nos ‘robaron’ la mitad de la empresa decidimos separarnos, vender a un costo muy bajo nuestras acciones y comenzar de nuevo. Habíamos sido apuñalados por alguien conocido a quien creíamos inofensivo. Mis tres socios y yo éramos las mentes maestras detrás de todo, así que sin nosotros se fue a pique. Logramos crear una nueva empresa y con el tiempo vimos que estaban rematando la primera que habíamos creado y la adquirimos y la fusionamos con la actual. Ahora somos una de las organizaciones de mayor renombre en la industria de bienes raíces y tiempos compartidos. Pero para llegar a eso tuvimos que desangrarnos tras un ataque furtivo, que se escondió detrás de la confianza.